Por Yayo Sanz Lovatón
La República Dominicana enfrenta, al igual que el resto del mundo, un período de transformación. El primer ministro canadiense, Mark Carney, lo expresó claramente: estamos ante el colapso del orden mundial que surgió tras la Segunda Guerra Mundial. Los acuerdos que promovieron el libre comercio ahora dan paso a un nuevo panorama que aún se está definiendo. Años de pandemia, conflictos bélicos y avances tecnológicos, especialmente en inteligencia artificial, crean un entorno de gran incertidumbre.
En medio de esta situación, la República Dominicana ha tenido la fortuna de contar con Luis, un presidente que ha sabido navegar estos tiempos difíciles, respaldado por estadísticas que destacan un notable crecimiento económico, récords turísticos y exportaciones, así como la meta de hambre cero. Su legado no solo se circunscribe al ámbito económico, pues también se destaca la institucionalidad, marcando el fin del caudillismo y la creación de un Ministerio Público independiente.
Además de los desafíos geopolíticos y tecnológicos, nos enfrentamos a un clima comunicacional enrarecido que refleja una sociedad en conflicto. Las dinámicas en redes sociales han demostrado ser más influyentes que muchos sectores tradicionales, lo que implica que es crucial reforzar la defensa de nuestros principios.
La defensa de este legado no debe basarse en ambiciones personales, por legítimas que sean. Como mencioné recientemente: es esencial priorizar lo colectivo por encima de lo individual. Así se presenta el panorama para una generación que colabora con Luis y desea continuar su labor, buscando mejorar su legado. Esta generación aprende de la historia, reconociendo que los mejores resultados provienen de aquellos momentos en que la causa fue más importante que los nombres propios, mientras que cuando la perspectiva se invierte, el costo lo paga la República Dominicana.
Después de recorrer el país durante casi dos años y de reunir un equipo que incluye a senadores de Samaná, La Altagracia, San Francisco y Pedernales, así como a diputados de diversas regiones, y alcaldes de ciudades clave, me siento capacitado para afirmar que ha llegado el momento de nuestra generación. Aquellos nacidos a finales de los años setenta y principios de los ochenta deben tomar la antorcha en este instante crucial, con madurez y realismo para poder soñar.
David Collado emerge como el embajador de esta generación. Las encuestas lo corroboran, al igual que su desempeño como Alcalde de Santo Domingo y sus logros en Turismo. Más allá de las cifras, su historia de sacrificio promete un futuro brillante. David es un profesional formado, disciplinado, y sus resultados lo posicionan actualmente como el diputado más votado, el alcalde que desafió al Estado, y un ministro exitoso. Nuestra amistad comenzó en los años noventa, en un Santo Domingo que solo persiste en nuestra memoria. David puede parecer circunspecto y reservado, incluso tímido, pero su formación es sólida, su método riguroso y su determinación tenaz.
Quiero compartir una anécdota. En 2005, trabajando con Hatuey en el PRSD y aspirando a diputado, tuve una reunión que resultó ser significativa. En esa ocasión, me mostró una encuesta donde ya era el puntero, lo que me sorprendió. Aunque él se negó a representar mi candidatura, un año después enfrentó su propia pérdida electoral. Avanzando más de dos décadas, vale la pena recordar sus logros como abogado y empresario, destacándose en el comercio y la financiación. Ha sido un testigo fundamental en la lucha de Luis por el poder y un colaborador cercano.
El momento es ahora: debemos unirnos y presentar a la sociedad una propuesta confiable y refrescante frente a los numerosos desafíos que enfrentamos. Las decisiones que se toman en unidad tienen un gran valor. A lo largo de la historia, cada vez que hemos trabajado en la misma dirección, la República Dominicana ha prosperado, mientras que cuando nos hemos dividido, el progreso se ha detenido. Así de simple es la historia.
Cuentas conmigo, David.
¡Avancemos!






