Derecha, Washington y Tel Aviv: la lucha por el mapa de América Latina

Por Iscander Santana | Zürich, Suiza

América Latina se adentra en una nueva etapa de disputa geopolítica, donde el giro hacia la derecha no debe interpretarse únicamente como un cambio en las preferencias electorales internas. Detrás de este fenómeno se encuentran presiones externas, alineamientos estratégicos y una clara ofensiva para restringir la influencia de China en la región. Esto ha resultado en un continente más fragmentado, dependiente y expuesto a la lógica de bloques.

El fenómeno del voto castigo no surgió de la nada. En numerosos países, el desgaste de gobiernos progresistas, sumado a la inseguridad, la corrupción y el descontento económico, ha generado un voto de castigo que ha dado paso a liderazgos conservadores o de extrema derecha. Esta fatiga social es parte del fenómeno, aunque no agota la narrativa. Una vez que se abrió esta puerta, Washington y sus aliados encontraron un terreno propicio para restablecer su influencia.

La segunda presidencia de Trump ha marcado un enfoque mucho más agresivo hacia América Latina, caracterizado por presiones comerciales, un endurecimiento del control migratorio, intervenciones electorales y una visión clara del hemisferio como una zona de control estadounidense. Muchos análisis consideran este cambio como una versión moderna de la Doctrina Monroe, cuya meta principal es excluir a competidores extrahemisféricos, especialmente a China. En este contexto, el apoyo a gobiernos de derecha es considerado una herramienta crucial.

El enfrentamiento no se limita a cuestiones ideológicas, sino que también abarca infraestructura, tecnología y soberanía económica. China ha aumentado su presencia comercial y diplomática en América Latina durante las últimas dos décadas, convirtiéndose en un competidor directo para Washington en sectores estratégicos. Desde puertos y energía hasta telecomunicaciones y financiamiento, el reordenamiento político en la región busca limitar la expansión china. Por ello, muchas fuerzas de derecha en América Latina se presentan hoy como elementos clave para una estrategia de contención.

Israel está emergiendo como un socio cada vez más relevante en esta red de alianzas. Legisladores de más de diez países latinoamericanos han firmado principios de cooperación proisraelí en Buenos Aires, como parte de un esfuerzo explícito para fortalecer lazos en materia económica, de seguridad y tecnología. En naciones como Argentina y Colombia, la cercanía con Israel se manifiesta en gestos diplomáticos, promesas de embajadas en Jerusalén y una agenda exterior fuertemente alineada. No se trata de un poder omnipotente, pero sí de un socio útil para gobiernos que priorizan la seguridad, el control y el fortalecimiento de la relación con Washington.

Sin embargo, esta reconfiguración tiene un elevado costo político. Al adaptar su política exterior a los intereses de una potencia, un país pierde margen de negociación con otros actores y la capacidad de definir una estrategia nacional autónoma. En lugar de desarrollar autonomía, la región corre el riesgo de quedar atrapada entre lealtades importadas y dependencias cruzadas. La soberanía no se erosiona de inmediato, sino paulatina, a medida que la agenda interna comienza a alinearse con prioridades externas.

La nueva derecha latinoamericana no es solo una respuesta a un descontento social tangible. También representa el punto de intersección entre una Casa Blanca más intervencionista, una red proisraelí más activa y una estrategia conjunta para contrarrestar a China y reorganizar el hemisferio bajo nuevas jerarquías. En este escenario, América Latina no juega en casa; está siendo jugada.

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