Por Mesac Díaz
En el ámbito político dominicano, existen liderazgos que emergen por circunstancias específicas, otros que surgen de estructuras establecidas y unos pocos, como Carolina Mejía, que se construyen a partir de una conexión genuina con la ciudadanía. La figura de Carolina no debe ser evaluada solamente en su rol como alcaldesa del Distrito Nacional o por su apellido, sino también por su estrecha relación con el Partido Revolucionario Moderno (PRM), al cual ha acompañado desde sus inicios, participando activamente en su consolidación y en su ascenso al poder.
Carolina fue parte fundamental de la fase inicial del PRM, en tiempos en los que muchos consideraban al partido como una empresa incierta. En esos periodos adversos, donde crear una nueva organización requería sacrificio y un firme compromiso político, ella estuvo al frente, tocando puertas, persuadiendo a aliados y estructurando un movimiento lleno de esperanzas. No es una figura improvisada ni una candidatura creada en laboratorios de opinión; es una dirigente que comprende la realidad interna del partido, y que ha mantenido una relación cercana y respetuosa con sus comités intermedios y con la militancia que a menudo trabaja en la sombra.
Como Secretaria General del PRM, Carolina tuvo la tarea de unir y escuchar a un partido en proceso. Esta responsabilidad demandó un equilibrio delicado, paciencia, diálogo efectivo y un sentido de pertenencia. En su papel, forjó lazos con diversos sectores dentro de la organización, ya que su estilo amable fomentó la inclusión de muchos líderes que anhelaban ser escuchados. Este acercamiento contrasta con la percepción de desapego que algunos han experimentado, debido a que gran parte de la militancia ha sentido que el partido no ha integrado adecuadamente a su base en la gestión pública.
Diversos dirigentes que colaboraron durante años para el éxito del PRM han experimentado sentimientos de exclusión o ignominia al ver a personas sin una trayectoria partidaria relevante en posiciones destacadas. Esta situación ha ocasionado descontento en la base, ya que la política no solo se basa en discursos, sino también en el reconocimiento, la participación activa y el sentido de pertenencia. Un partido que logra las elecciones con sus militantes no puede desconectarse de ellos.
Por esta razón, Carolina Mejía se presenta como una figura con la capacidad de restaurar la relación del PRM con sus bases. Su candidatura trasciende la mera ambición individual, ofreciendo una oportunidad para revitalizar el partido, fomentando un sentido de participación más inclusivo y humano. Ella actúa como un puente entre la institucionalidad del gobierno y la necesidad de que el PRM reconecte con su base.
Con una ventaja política significativa, Carolina no necesita pretender cercanía, puesto que esta ha estado presente en su trayectoria. Su forma de ser irradia serenidad, sensibilidad y disposición para escuchar. El PRM debe contemplar un futuro que no olvide a quien ha hecho posible su historia. La continuidad política debe abarcar no solo la conservación del poder, sino también enmendar errores, abrir oportunidades y reforzar la identidad del partido.
Carolina Mejía se posiciona como la candidata de las bases y de la dirigencia del PRM, no por excluir a otros, sino porque representa un balance entre experiencia gubernamental, formación política y un enfoque humano que responde a los reclamos internos de la organización. El PRM nació de una lucha política y no de un entorno corporativo; se formó gracias al empeño de hombres y mujeres que creyeron cuando la victoria parecía inalcanzable. Carolina, al haber caminado junto a ellos, comprende esa historia y es la candidata que promete reconciliar al partido con sus propios miembros.






