En una reciente conversación con amigos durante la primera campaña presidencial de Donald Trump, intentaron advertirme sobre los peligros que representaba este candidato tan peculiar. Después de escuchar sus inquietudes, les expliqué mi perspectiva.
Considero que Hillary Clinton representaba al grupo que durante años ha controlado el poder en Estados Unidos. Gracias a ellos, Trump, que en su momento fue un niño consentido, se convirtió en una figura prominente a nivel nacional e internacional. Si ahora se rebela contra este grupo, esa cuestión no me concierne. No voy a desgastarme intentando salvarlos de las consecuencias de sus propias decisiones y acciones históricas.
Esto es paralelo a la situación en la República Dominicana con Santiago Matías, conocido como Alofoke, un empresario y figura mediática que hoy aspira a la presidencia. Este fenómeno fue creado por la élite que, a pesar de despreciarlo, ahora se queja de él y sus seguidores, a quienes tildan de “analfabetos”. Esta élite político-empresarial ha sido corrupta y ha desviado fondos del presupuesto educativo durante años.
Cuando se producen grandes cambios, es común que personajes del entretenimiento incursionen en la política. Así ha sucedido con líderes como Ronald Reagan en Estados Unidos, Arnold Schwarzenegger en California, y el actual presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky. En el caso de la República Dominicana, ¿cómo hemos pasado de figuras intelectuales como Joaquín Balaguer a alguien como Alofoke? Los responsables de esta transición son quienes han gobernado desde 1996. Si Alofoke y sus seguidores carecen de educación, los que deben rendir cuentas son Leonel Fernández, Hipólito Mejía, Danilo Medina y Luis Abinader. Alofoke y Trump no son los causantes de nada; son un reflejo de sus sociedades, que se levantan contra clases políticas en decadencia.






