
El pasado domingo, el sacerdote Benigno Antonio García salió de su vivienda en San Pedro de Macorís con destino a Santo Domingo, pero no llegó a su destino, causando preocupación entre sus familiares y allegados.
Afortunadamente, fue localizado sano y salvo. El episodio sirve para recordar una realidad que afecta a miles de familias y que no siempre tiene un desenlace feliz. El alzhéimer conlleva consecuencias desafiantes, entre ellas la pérdida de memoria y la desorientación en los adultos mayores.
Más allá de una enfermedad que afecta los recuerdos, el alzhéimer transforma la vida de quienes lo padecen y de todo su entorno familiar. Así lo explica el doctor Oom Blanco, especialista en Neurociencia Cognitiva Aplicada, quien señala que la memoria no funciona como un simple archivo de información.
«Cuando ese sistema empieza a deteriorarse, no desaparecen únicamente datos, sino que comienzan a alterarse funciones que sostienen la experiencia de ser uno mismo», afirma.
Según el especialista, los primeros signos suelen aparecer en la memoria reciente. Conversaciones, citas, acontecimientos del día o la ubicación de objetos cotidianos comienzan a olvidarse con frecuencia. Sin embargo, el impacto más profundo llega cuando la persona pierde la capacidad de actualizar la narrativa de su propia vida.
«Deja de saber qué hizo hoy, depende cada vez más de otros para reconstruir la realidad y disminuye la sensación de control sobre su entorno«, explica.
Blanco sostiene que uno de los errores más frecuentes es pensar que el diagnóstico afecta únicamente a quien lo recibe.
Desde la perspectiva de la terapia familiar, la enfermedad obliga a redefinir roles. Los hijos asumen funciones de cuidado que antes correspondían a los padres; las parejas se convierten en cuidadores y resurgen conflictos familiares que parecían superados.
A esto se suma un fenómeno conocido como duelo anticipado o duelo ambiguo.
«La persona sigue viva, pero parcialmente deja de estar disponible como antes. El familiar siente que está ahí, pero ya no es exactamente quien era», explica el especialista.
El sufrimiento invisible de las familias
Para la neuropsicóloga Alicia Mota, del Centro Integral Lotus, el impacto emocional de la enfermedad trasciende al paciente.
«En las etapas iniciales puede generar mucha frustración, ansiedad, inseguridad y preocupación al percibir que ya no recuerda la información con la misma facilidad que antes», señala.
A medida que la enfermedad avanza, aparece una mayor dependencia para realizar actividades cotidianas. Mientras tanto, los familiares enfrentan una mezcla de emociones que incluye tristeza, incertidumbre e impotencia al observar el deterioro progresivo de su ser querido.
Mota advierte que el cuidado constante obliga a reorganizar la dinámica familiar. «El rol del cuidador implica nuevas responsabilidades y puede generar una verdadera crisis familiar«, explica.
La especialista agrega que cuando estas exigencias se prolongan en el tiempo y no existen espacios de autocuidado, puede desarrollarse el denominado síndrome del cuidador, caracterizado por agotamiento físico y emocional, irritabilidad, trastornos del sueño, ansiedad y síntomas depresivos.
Aunque muchas personas asocian cualquier olvido con el alzhéimer, Alicia Mota aclara que existe una fase previa conocida como deterioro cognitivo leve.
En esta etapa pueden aparecer señales como repetir preguntas constantemente, olvidar citas, perder objetos de uso frecuente o tener dificultades para recordar información reciente. Sin embargo, la persona mantiene, en términos generales, su independencia funcional.
«No todas las personas con deterioro cognitivo leve desarrollarán alzhéimer, pero sí representa un factor de riesgo importante», puntualiza.
Los especialistas coinciden en que la detección temprana puede marcar una diferencia significativa en la evolución de la enfermedad.
La Alzheimer’s Association identifica diez señales que pueden indicar la presencia de la enfermedad y que ameritan una evaluación médica especializada:
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Cambios de memoria que dificultan la vida cotidiana.
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Dificultad para planificar o resolver problemas.
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Problemas para realizar tareas habituales en el hogar, el trabajo o el tiempo libre.
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Desorientación respecto al tiempo o al lugar.
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Dificultad para comprender imágenes visuales y las relaciones espaciales.
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Problemas nuevos para hablar o escribir.
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Colocar objetos fuera de lugar y no poder recordar dónde fueron dejados.
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Disminución o pérdida del buen juicio.
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Pérdida de interés en actividades laborales o sociales.
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Cambios en el estado de ánimo o la personalidad.
Cuidar al paciente y también al cuidador
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Tanto Mota como Blanco coinciden en que una de las claves del manejo de la enfermedad es brindar apoyo a quienes asumen el cuidado diario.
Mota recomienda buscar orientación profesional desde las primeras señales, realizar evaluaciones médicas y neuropsicológicas, adaptar progresivamente el hogar y promover actividades que estimulen las capacidades preservadas del paciente.
Por su parte, Blanco aconseja cambiar la manera de relacionarse con la persona afectada.
«Hay que dejar de pelear por la exactitud y empezar a trabajar por la conexión«, sostiene.
El especialista explica que, aunque el paciente pueda olvidar nombres, fechas o acontecimientos recientes, la dimensión emocional suele permanecer durante más tiempo.
«Muchas veces la persona deja de recordar quién estuvo con ella, pero no deja de registrar cómo se sintió en compañía de esa persona», añade.
Por ello, fotografías familiares, música significativa, rituales cotidianos y momentos compartidos pueden convertirse en herramientas tan valiosas como cualquier tratamiento para preservar la calidad de vida y los vínculos afectivos frente a una enfermedad que, poco a poco, va borrando los recuerdos, pero no necesariamente las emociones.







