Por Juan Cruz Triffolio Sociólogo y comunicador dominicano triffolio@gmail.com
Cada mañana, a la misma hora, como un rítmico castigo colectivo, se repite la misma situación. Al amanecer, el país se somete una vez más a la ley del más fuerte. La cortesía se ha convertido en algo del pasado. El respeto se ha transformado en un gesto obsoleto, practicado por algunos con vergüenza, como si pedir permiso constituyera una muestra de debilidad. Nos vemos inmersos en el reinado del "sálvese quien pueda". Nuestro espacio de convivencia se asemeja a un reino sin rey, donde cada uno actúa a su antojo. Esta es la representación más veraz de nuestra vida urbana: el caos como regla y la decencia como la excepción que brilla por su ausencia.
Y nadie sabe hasta cuándo persistirá esta situación. Es una manifestación palpable de irresponsabilidad colectiva que nos ataca y afecta nuestra vida. Estamos acostumbrados a transitar sin medir el valor del tiempo. Dejamos de considerar las horas que se pierden, la salud que se deteriora en un atasco, y el dinero que se agota en la compra excesiva de gasolina desperdiciada sin avanzar ni un metro. Nos referimos al tráfico matutino, por no generalizar, en cualquier momento del día. Esa es la batalla constante que se libra a diario en los puentes que conectan la Capital Primada de América con el dinámico Gran Santo Domingo. Sobre el Ozama, cerca del Isabela, parece posible cualquier cosa sobre esas grandes estructuras de acero, asfalto y concreto.
Todo, en detrimento de la dignidad de los ciudadanos. De aquellos que se levantan temprano, quienes aún creen —como Quijotes ingenuos y perseverantes— que el sacrificio y la labor honesta son aún vías para el progreso. Son ellos, esos emprendedores anónimos provenientes de Los Frailes, Alma Rosa, Villa Duarte, Sabana Perdida y Villa Mella, los que no importan. Quienes, impotentes, aguardan una respuesta. Llevan el sustento a casa. Pagan la educación de sus hijos. Parecen ser los verdaderos sobrevivientes de una sociedad que, por Dios, merece ser atendida con urgencia. Así transcurre el tiempo. De esta manera se desperdicia la energía más valiosa de un país: su capacidad creativa y productiva. Mientras se malgastan las oportunidades, las esperanzas se desvanecen y nos envuelve, lenta pero seguramente, la impotencia. Cuánta pobreza mostramos… No solo la del bolsillo. La pobreza de criterios. La escasez de autoridad.
¿Hasta cuándo? Pobre país… Ojalá alguien, con la autoridad moral y el coraje que esto demandaría, se atreva a explicarnos de manera convincente hacia dónde nos quieren conducir. Y, sobre todo, si tendremos que esperar mucho. Si ya falta poco. Porque, sin exageración ni dramatismo innecesario, hay que expresarlo claramente: la paciencia se está agotando. ¿O no es así? La entrada Relato del desorden en los puentes se publicó primero en El Pregonero.








